domingo, 9 de marzo de 2014

Discurso del poeta Tony Raful al recibir el Premio Nacional de Literatura 2014

Premio Nacional de Literatura
(Antes que nada mi gratitud a la fuerza de energías conscientes en expansión que ha creado este universo maravilloso de asombro y magia en el que vivimos, amamos y morimos, y que Dante Alighieri, en el Paraíso, Canto XXXIII, de la Divina Comedia, define como “el amor que mueve el Sol y las estrellas”, mis agradecimientos a la Fundación Corripio, puntal decisorio de apoyo consistente a la cultura y estímulo al escritor e intelectual dominicano, y en ella a su presidente José Luis Corripio, al Ministerio de Cultura y a su titular el artista José Antonio Rodríguez, al Jurado calificado de otorgamiento del Premio Nacional de Literatura 2014, integrado por figuras prestigiosas, académicas y de mérito, rectores de las principales universidades del país. A todos ellos mi permanente respeto y gracias sentidas. A mis familiares más queridos, a los que ya no están, pero que me inculcaron los valores con los cuales he vivido, a mis padres, Pedro Raful y Carmen Tejada Jiménez de Raful, a mis hermanos José y Pedro, a mi mujer, Grey Soriano de Raful y a mis hijos, Ernesto, Amín, Faride, Farah, Raúl y Tony Abel. A todos mis amigos y amigas entrañables, con los cuales he compartido un tiempo esencial de afecto, solidaridad y amor).
Señoras y señores:
Hace ya muchos años un poeta errabundo de estirpe milenaria que leía sus versos puntuales cada domingo desde el balcón de su exilio en México, ante una concurrencia de mutilados, de heridos, de compatriotas, les advirtió a todos los poetas del mundo de los peligros de la vanidad humana, de enseñorearse en una torre de cristal, ignorando que la poesía, ese flujo sensible y hermoso de versos, ese legajo exquisito del alma y la lengua, provenía de un intenso sedimento social, de un flujo solícito de imágenes, del barro y la arcilla cultural y humana de los pueblos. Ese poeta español llamado León Felipe, nos dijo:
“Poeta/ni de tu corazón/ni de tu pensamiento/Entre todos los hombres las labraron/y entre todos los hombres en los huesos/de tus costillas las hincaron/La mano más humilde/te ha clavado un ensueño…/una pluma de amor en el costado”.
El oficio creador de la palabra, los vínculos del ser con los fenómenos externos de la realidad están sujetos a variables permanentes, a mutaciones cíclicas. La realidad no constituye un contexto definido, levita y naufraga, oscila y trastoca, lidiar con ella es envolvernos en los sauces minados de la imaginación. Un escritor de las garras de Honorato de Balzac, que hizo de “La Comedia Humana” el mayor grado de observación crítica, jamás conocido, en un serial narrativo impresionante de su tiempo, llegó a confesar que la casualidad es el mayor novelista del mundo. Y es que tal como señala Jules Romains, refiriéndose a los novelistas, viven con intensidad extraordinaria todos esos trozos de experiencia –innúmeros y heteróclitos- de que está hecha la existencia del hombre. “Semejantes escritores tiene un ritmo incomparable de emoción y absorción. En algunas horas, viven la vida entera de un empleado, un obrero o de un militar. No vacilaré en proclamar que seres así constituidos son supranormales. Su parentesco no se encuentra entre los ratones de biblioteca sino entre los videntes, entre los médiums, entre todos los que presentan cierta ampliación –más o menos prodigiosa- de nuestras facultades ordinarias. Tal fue eminentemente el caso Balzac. Tuvo en verdad poco tiempo para vivir. De una existencia relativamente corta, la mayor parte la dedicó, dentro de un cuarto cerrado, a sus tareas de escritor. Pero vivió algunos años de experiencia y de una experiencia cuyo ritmo fue sobrenatural, como es sobrenatural la velocidad de los acontecimientos que alojamos a veces en nuestros sueños”.
El poeta es un vidente. William Shakespeare, que es el poeta dramático más ilustre
de todos los tiempos, por la diversidad, por la riqueza, por la profundidad y por la belleza poética, tal y como señala el crítico Mauro Armiño, nos dejó el canon de un tiempo trascendente, pudiendo captar en el corazón humano, todas las veleidades y pasiones que marcan su impronta vital en los ciclos numerarios de la historia de la civilización humana. Escribió y reescribió los más insólitos temas. Rescató en su dramaturgia viejas piezas teatrales, crónicas, el pasado histórico, y gracias al lenguaje poético y a su riqueza imaginativa, es un referente inagotable, sus personajes son actuales, sus hormas verbales se convierten en verdades absolutas, porque en su incesante aguijonear social, en su introspección psicológica, ellos nos representan, somos ellos, en una evolución que se enrosca en la dimensión caótica de las caídas y vanaglorias del ego humano. Ese Shakespeare local y universal, escribió: “Estamos hechos del mismo material de los sueños”. El tórrido afán humano tiene la plasticidad de lo etéreo, nada permanece sino en los tejidos del sueño que el poeta toca frágil con el estro, la sutil capa de lo que intuye en la ecuménica redondez del asombro.
El gran poeta Odiseo Elytis, en su obra “Dignum Est” en el segundo salmo de la Pasión, confiesa: “Mi lengua me la dieron griega/ la casa pobre en las arenas de Homero/ Cuidado único mi lengua en las arenas de Homero”. En el vuelo lírico de la más alta poesía griega de nuestro tiempo, levitan sus alas en los textos esplendentes del gigante ciego, que universalizó la metáfora fosforescente del mito. Y nosotros, ¿qué decimos, en el marco global de los campos unificados de la materia? Que la lengua nos la dieron castellana. Que pasta en la prosa urdida de belleza, moraleja, criticidad, locura y ornamento fluido de la caballería, en las arenas de Cervantes. Y en los códigos de versificación de Góngora. Y en las arenas de Quevedo. Y en la lengua de Antonio Machado. Y en el relámpago del alma que es la música encantadora de Federico García Lorca. Y en “La destrucción o el amor” del gran Vicente Aleixandre. Y en el hondo latir del pastor de cabras y de quimeras, Miguel Hernández, inclaudicable, superior. En la voz desatada sobre el cuerpo y la sangre de César Vallejo. En la poesía oceánica de Pablo Neruda. Y en los versos de Octavio Paz. En la perpetua gloria de la metáfora, en Jorge Luis Borges. En la poesía fraterna y coloquial de Mario Benedetti. En las arenas de Rafael Alberti, y en la poesía cargada de futuro de Gabriel Celaya. En las arenas de la inmensa Gabriela Mistral y de Blas de Otero y de Ángel González. En los versos de Manuel Del Cabral, de Pedro Mir y de Aída Cartagena Portalatín.
Mi lengua me la dieron castellana, y en ella se asoma como un jinete intrépido del lenguaje, el más grande de todos nosotros, Rubén Darío. Borges, quisquilloso y estricto en el elogio, escribió: “Cuando un poeta como Rubén Darío pasa por una literatura todo en ella cambia. Todo lo renovó Darío, la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el libertador”.
En el vocabulario “diluvial” de Darío, como llama el crítico y pensador nicaragüense Edelberto Torres al torrencial acervo de metáforas y neologismos, a su ansia expresiva de hermosura, a sus reformas métricas del verso, a su repertorio rico, el más rico y variado, maestro innovador, padre y señor del Modernismo, ante cuya estela inmortal, evoco trémulo en la noche de hoy, su recuerdo, su semblanza, su presencia de plenitud y belleza, y le digo desde este promontorio insular, a usted Maestro, gracias por la exquisitez y plenitud de su legado. Somos sus hijos agradecidos en la amanecida del siglo 21.
Nosotros venimos por un túnel glamoroso de palabras y ensueños. Venimos de una tradición y de un constante movimiento renovador de la lengua. Venimos de un tiempo y de una cultura, de grandes vacíos y plenitudes, de esfuerzos sublimes para consagrar la utopía. Un escritor que no tiene raíces no se asienta en el río caudaloso de las imágenes y los arquetipos conceptuales de su época. Los dechados culturales son transitorios como el hombre mismo. Roberto Fernández Retamar, el importante poeta cubano escribió, “somos hombres de transición” y es cierto, la transición es un proceso que apunta siempre hacia el porvenir, y la palabra escrita, el verbo fundacional, atestigua la marcha, la increíble vocación de presentar la poesía como un recurso sensible de instancias armónicas y coordenadas de luz, búsqueda de la densa materia del asidero de lo espiritual en la magia del verso.
Vivimos datados, el hombre no puede vivir desdoblado, ajeno al barómetro telúrico de su tiempo social y humano, no somos lo que pretendemos sino lo que creamos, no somos espuria argamasa en descomposición sino soplo del alma enamorada. Alcanzar el cenit, la idea prístina de una techumbre de versos nos catapulta a la divinidad, voluntad diseminada en cosecha de ideas, en trascendente y voraz asunción a los cielos de la palabra, al verbo que fue primero, al verbo que es la luz, el indicador flamígero de lo duradero, de lo que persiste y reina por siempre.
¿Cómo se puede vivir la época que vivimos sin la clarividencia, sin los puntos cardinales donde la utopía embaraza de plenilunios y vislumbres encantados la búsqueda de los enclaves, ese adentrarse en la conciencia humana, para quebrar la monotonía, el discurrir de una rutina primaria, llena de miserias, y procurar altísimos niveles de realización, donde la vida cristaliza sus gemas más preciosas?
Zigmunt Bauman ha dicho que vivimos una época de incertidumbre, caracterizando como “tiempos líquidos” a la sociedad de nuestros días. Para Bauman, hemos pasado de una modernidad sólida, estable, a una sociedad líquida, flexible, voluble, en la cual, las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse, y no sirven como marcos de referencia para la acción humana. Ante este cartabón analítico de Bauman, los poetas proponemos la resistencia textual, visual e interior, la ratificación del poder creador de la palabra y de los sueños, en la lucha por la paz y la justicia.
Humberto Eco, el formidable filósofo y semiólogo, el autor de “El nombre de la rosa” y de “El péndulo de Foucault”, en una maravillosa obra que acaba de publicar llamada “Historia de las tierras y los lugares legendarios”, describe las tierras y los lugares que, ahora o en el pasado, han creado encandilamientos, utopías e ilusiones, porque mucha gente ha creído realmente que existen o han existido en alguna parte. Llevada por la literatura, por los relatos novelescos, por los cantos épicos, ha logrado identificar lugares ficticios como lugares reales, leyendas como “La Atlántida”, dice Eco, cuyos últimos restos muchas mentes no delirantes han tratado de identificar, incluso leyendas dudosas, como Shambhala o como Shangri –La, que otros reproducen como existencias espirituales, cambiando el curso de sus vidas. El Almirante Don Cristóbal Colón, llegó a albergar la creencia de que encontraría el paraíso terrenal, delineado en las fuentes bíblicas, al lanzarse a la conquista de nuevos mercados, creencias que lo llevaron a encontrar tierras nuevas bajo el relumbrón histórico de su hazaña portentosa.
La Guerra de Troya, impresionante evento mitológico surgido en la mente prodigiosa de Homero, ha terminado siendo realidad, al descubrirse los restos de la ciudad de Troya e iniciar excavaciones arqueológicas que confirman los versos de “La Ilíada” y “La Odisea”. En la mitología y en los sueños trazados por el pincel o la pluma de dibujantes y poetas, están las claves del impulso de las ilusiones, sin las cuales los seres humanos estaríamos aún en el paleolítico inferior. Lo que Humberto Eco plantea es la validez de la realidad de las ilusiones, y lo hace asumiendo, con láminas y grafías, uno de los más bellos libros jamás escrito.
La poesía dominicana goza de buena salud. Podrá no tener récords de ventas ni competir con la farándula discursiva que nos abate. Sin embargo se mueve, late, se multiplica con promisorias promesas e intentos válidos por conquistar el derecho a existir, valorando la continuidad de los grandes aedas del parnaso nacional, enriquecidos por la tradición, y haciendo posible las rupturas que movilizan el verso adormilado y amplían el horizonte expresivo del lenguaje, desde la insigne Salomé Ureña, afligida y solemne, maestra troncal bajo la égida de Hostos, capaz de parir a un Pedro Henríquez Ureña, que llena todos los hemisferios de la cultura, y cuyo perfil es la identidad humanista de nuestra presencia hispanoamericana, la magna patria de la lengua española y quien junto a Juan Bosch define la proceridad estelar de la sapiencia y la ilustración nacional.
Cómo dejar de citar a Domingo Moreno Jiménez, bonzo creador de “El Postumismo”, a Héctor Incháustegui Cabral, cuyo “Canto triste a la Patria bien amada” o “Una carta a Niña la de Paya”, son imborrables del alma nacional, o a Franklin Mieses Burgos, poeta preciosista que elevó la versificación a niveles superiores de encantamiento y belleza, a Tomás Hernández Franco, cuyo texto “Yelidá”, es probablemente el más seductor poema interracial del Caribe, bajo una lucha feroz de dioses nórdicos y africanos, con acordes de arpa y violín, a Manuel Rueda, artista exquisito cuyos textos poéticos parecen labrados por un orfebre de la palabra alada, y cuyo poema pluralista “Con el tambor de las islas” es una de las más hermosas y primorosas poesías dominicanas experimentales, a Freddy Gatón Arce, cuyos cantos, “Además, son muchos los humildes de mi tierra”, y la escritura automática en “Vlia”, constituyen tributos esenciales a nuestra poesía, a Lupo Hernández Rueda, cuyo poema “Círculo”, de forma y contenido mandálico, es un aporte ontológico y nuevo en la poesía dominicana, a Víctor Villegas, que era un príncipe que rondaba la calle El Conde, con poemas a bordo y textos de valía, a Ramón Francisco, que escribió la epopeya de la historia y nos deslumbró a todos, a Juan Sánchez Lamouth, marginado e inmenso, literato de versos inolvidables como “Sinfonía vegetal a Juan Pablo Duarte”, y “Canto al presentido petróleo de mi tierra”, a Marcio Veloz Maggiolo, el más completo de los escritores dominicanos, narrador, ensayista, poeta, a Máximo Avilés Blonda, hierofante de versos sagrados, a René del Risco Bermúdez y a Miguel Alfonseca, promesas altas que burlaron el azar, voces telúricas que resuenan en la proa viril del compromiso histórico, y en su espléndida capacidad de amar como los pueblos, Antonio Lockward, narrador intenso, culto, incisivo, poeta. (Periodico Hoy).

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