martes, 7 de julio de 2015

LOS DEMONIOS DEL CLIENTELISMO POLITICO

Daniel Eskibel

Los demonios del clientelismo político Una provincia en el interior de un país latinoamericano. Un distrito semi-rural de la provincia. El sol quema. El calor es intenso. La vegetación exhuberante. Estamos en campaña electoral y llegamos a un pequeño centro poblado. Calles de tierra. Espacios públicos en pésimo estado. Viviendas humildes. Pobreza, mucha pobreza. -¿Sabe lo que a mí me abrió los ojos? -me dice uno de los vecinos. Es un hombre grandote, de piel curtida, manos encallecidas y mirada franca. El hombre estaba en medio de un grupo de personas que habían salido a recibir a aquella pequeña comitiva política. Primero había saludado con entusiasmo a la persona a la que iba a votar. Y le había agradecido su presencia en el pueblo. Después alguien le había comentado algo acerca de mi presencia en la campaña electoral. Y él se me había aproximado con respeto y hasta con cierto ceremonial. Quería explicarme por qué había decidido dejar de votar al cacique político al que siempre había votado. El caudillo político de aquel distrito semi-rural era amo y señor de todo. Amo y señor. Dinero, propiedades, vehículos, personal a sus órdenes, influencia en todos los círculos, poder político...todo. Durante décadas su familia ostentó un poder casi feudal. Primero su padre, ahora él, siempre ellos. Luego de las elecciones el poderoso cacique literalmente desaparecía. Distante. Inalcanzable. Lejano. Inaccesible para la gente. También durante las campañas electorales era así. Con una diferencia. Él y su gente compraban votos. Donde dice compraban debe decir exactamente eso: compraban. Simplemente ofrecían bienes materiales a cambio del voto. Juguetes para los niños, medicinas, ropa, materiales de construcción, promesas de trabajo asalariado, pago de facturas y deudas, bolsas de alimentos y hasta dinero en efectivo. La noche previa a las elecciones era un clásico de su familia: largas, muy largas recorridas nocturnas. Visitas furtivas en medio de la noche llevando dinero y exigiendo el voto a cambio. Clientelismo político. En su versión latinoamericana más dura y desprejuiciada. El rostro más crudo del clientelismo político. -Lo que a mí me abrió los ojos fue la televisión -me dijo el vecino. Me explicó que mirando televisión se había dado cuenta que en otros lugares la gente de trabajo vivía mejor. Que habían buenas casas y otras comodidades. Que las calles estaban en buen estado. Que los jóvenes podían estudiar. Que nadie tenía que pedirle permiso a ningún señor poderoso para que les otorgara algo. Que la gente podía quejarse y protestar y a veces hasta quitarle el poder a más de uno. -Y lo que despertó a los jóvenes fue el teléfono y el Facebook ese que tienen...-agregó el vecino con entusiasmo. La explicación que me dio es simple. Con Facebook en el teléfono los jóvenes ven que se pueden comunicar con facilidad y naturalidad con amplios sectores de la sociedad. Y se dan cuenta que el cacique político local, aunque tenga Facebook, es un ser inaccesible, opaco, oscuro, lejano, que a nadie trata bien y que con nadie dialoga de igual a igual. Que a esos jóvenes les gusta sentirse iguales en Facebook pero que ese cacique cree estar por encima de los demás. No es un igual sino un otro, ajeno. Distinto, extraño. Clientelismo político en el siglo 21 El clientelismo político sigue vivo, como una rémora del pasado, en pleno siglo 21. Su mantenimiento necesita de algunas condiciones básicas: Desigualdades extremas de poder político, económico y cultural Amplios sectores viviendo en la pobreza y la marginalidad Debilidad de las instituciones públicas Cultura cientelística en vastos sectores del electorado En pocas palabras: quienes se benefician del clientelismo político necesitan poder (generalmente lo tienen), necesitan gente pobre y con carencias acuciantes, necesitan débiles estructuras institucionales para poder operar informalmente, y fundamentalmente necesitan que sus 'clientes' tengan una 'cultura de cliente' (un conjunto de creencias que justifiquen y vuelvan casi natural la práctica del clientelismo político). Ese conjunto de factores es el que sostiene el sistema. Son factores interrelacionados, y por lo tanto si uno de ellos comienza a fallar entonces es todo el sistema el que se ve amenazado. Eso es lo que de alguna manera me intentaba explicar el vecino de aquel pobrísimo distrito semi-rural latinoamericano. Cuando me decía que la televisión y el Facebook estaban abriendo los ojos de la gente, en realidad estaba levantando una gran verdad. ¿Será cuestión de 'santificar' a la televisión y a las redes sociales como la panacea? ¿Será abogar por una especie de utopía tecno-progresista? No. Nada de eso. No se trata específicamente de la televisión o el Facebook. Se trata de entender que el eslabón débil del clientelismo político es la 'cultura clientelar' que anida en la mente de los 'clientes'. ¿Se puede derrotar al clientelismo político? Sí, se puede. Pero no se logra a corto plazo. ¿Por qué? Porque más que una batalla política es una batalla cultural. Y los cambios culturales son lentos. 'No hay nada más sin apuro que un pueblo haciendo su historia' dice una vieja canción de Alfredo Zitarrosa. La tecnología ayuda. Más allá del uso que se le de, el progreso tecnológico colabora ampliando la visión del mundo que tienen las personas. Mostrando otras cosas, otras vidas, otras posibilidades, otros horizontes. Y al cambiar drásticamente la vida cotidiana y los hábitos, también instala la idea de que todo puede cambiar. Todo. Hasta el poder de ese cacique político que es amo y señor del lugar. Los demonios que van a destruir al clientelismo político son la educación, la cultura, el progreso económico, la mayor equidad, la institucionalidad, la tecnología, la comunicación y todas las energías de avance social. Visto así, el clientelismo político está condenado a desaparecer. Aunque la acción de fuerzas sociales, culturales y políticas puede ayudarlo a irse más rápidamente. Para eso la clave está en plantearse una estrategia de mediano y largo plazo. Desmontar los marcos mentales de los propios 'clientes' que justifican y dan coartadas al sistema. Y construir nuevos marcos mentales de dignidad, de independencia, de autonomía, de respeto, de conciencia, de libertad y de cambio. ¿Que lleva mucho más tiempo que el que uno desearìa? Claro que sí. Como decía Neruda: 'ardiente paciencia'.​

No hay comentarios:

Publicar un comentario