sábado, 5 de septiembre de 2015

UNA VEZ MAS EL EJEMPLO DE ABRIL

Por Fafa Taveras

Volver aquí, 50 años después de haber entrado como parte del pueblo armado a este recinto estremece mi alma al poder decir con palabras de Violeta Parra, “Gracias a la vida que me ha dado tanto”. Que me ha dado hasta la ilusión de creer que en esta tarde he llegado del brazo de Juan Bosch y Peña Gómez, de Fernández Domínguez y de Caamaño, de Juan Lora Fernández, de Juan Miguel Román y Pichirilo, del Moreno, de Otto Morales, de Amín, de André Riviere, de Ilio Capocci y Oscar Santana, de Amaury Germán y Los Palmeros y junto a decenas de hombres y mujeres del pueblo y soldados que hicieron posible la toma de esta Fortaleza. Y en esta oleada de recuerdos y el marco de este recinto, surge en mi memoria la imagen y la voz del Presidente Constitucional de la República en Armas: “ME DIO EL PUEBLO EL PODER, AL PUEBLO VENGO A DEVOLVER LO QUE LE PERTENECE”. Este acto de hoy es parte de la conmemoración del 50 aniversario de la Guerra de Abril que fue ahogada por la segunda invasión militar de Estados Unidos a nuestra tierra. Aniversario que ocurre a pocos meses de conmemorarse también un siglo de la primera invasión norteamericana. Al pensar en los acontecimientos de 1965 no puedo separarme de esta asociación y de las funestas consecuencias de ambos crímenes. Estamos en la vecindad, en el área de influencia directa de los Estados Unidos y nuestra historia reciente no puede entenderse ignorando esta realidad. La invasión de 1916 fue justificada al calor de la Primera Guerra Mundial ocupándonos, no como enemigos sino como “prevención” y este pretexto fue el marco para reordenar el poder local y la economía y ponerla a su servicio. Su herencia más notable: la Dictadura de férreo dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, 1930-1961. Desde 1916 hasta 1961, año de la muerte de Trujillo, Estados Unidos enfrentó en América Latina numerosas perturbaciones que culminarían con la victoria de la revolución cubana, hecho, que desde entonces, condicionaría todas sus políticas en la región del Caribe. De ahí que la apertura producida en el país a partir del 30 de Mayo estuviese bajo la supervisión constante de la Embajada de Estados Unidos, que ayudó a preservar, en lo esencial, la maquinaria militar trujillista de la que fueron separados únicamente, algunos esbirros y los familiares del tirano. La victoria de Juan Bosch en 1962 nutrió la esperanza de que la apertura democrática fuera posible, a pesar de estar montada sobre la herencia estructural y subjetiva del trujillismo. El derrocamiento 7 meses después del primer gobierno democrático, que Bosch encabezara, puso al desnudo la realidad de que el trujillismo aún estaba vivo y de que la oligarquía se apoyaba en sus remanentes para consolidar su dominio. La injerencia de Estados Unidos fue decisiva para la producción de estos acontecimientos, sin embargo fue también determinante para que los progresistas entendiéramos que teníamos que barrer con la herencia trujillista, si se quería instaurar en el país una real y auténtica democracia. Con la sangre de Manolo Tavárez Justo y 32 de sus compañeros se selló, dolorosamente, el propósito de que había que luchar por el Gobierno que el Pueblo se había dado y por la Constitución que ese Gobierno había establecido. De ahí en adelante todas las luchas populares estuvieron marcadas por estas demandas, paralelas a las actividades conspirativas que en los cuarteles, con un grupo de heroicos oficiales encabezaba el Coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez. Durante todo ese proceso Estados Unidos siempre estuvo al lado de los golpistas, a tal grado que, producido el derrocamiento de estos, pretendió que los insurrectos capitularan. Frente a la rápida victoria popular lograda, Estados unidos desembarcó sus tropas, recogió y unificó los restos dispersos de los golpistas del 63, armándolos y acompañándolos para enfrentar a un pueblo armado que reclamaba su derecho de tener en el poder el gobierno que había elegido con sus votos. Aquella insurrección, que ahora recordamos, fue la más alta expresión de la voluntad popular de todo el Siglo XX. Y el más encumbrado esfuerzo por instaurar la democracia en nuestro país. Toda la historia de dominio y control imperial de nuestro pueblo fue sacudida, así fuese fugazmente, por aquellos acontecimientos. En Abril del 65, junto a las razones enarboladas como desencadenantes de la guerra, esto es, el Golpe de Estado del 25 de septiembre y la derogación de la Constitución de 1963, también estaban todos los viejos dolores acumulados por esta pequeña nación, desde la colonización, a la esclavitud, desde las invasiones extranjeras, hasta las dictaduras padecidas. Aquella Guerra fue algo así, como un “despojo”. Un fugaz sacudimiento de todas las ataduras. Fue por segunda y última vez, tomar en nuestras manos nuestro propio destino. Como diría Caamaño en este mismo recinto: “CON M+AS FE QUE ARMAS Y UN ENORME CAUDAL DE DIGNIDAD EL PUEBLO DOMINICANO HABÍA ABIERTO DE PAR EN PAR LAS PUERTAS DE LA HISTORIA PARA CONSTRUIR SU FUTURO, A PESAR DE QUE 4 DÍAS DESPUÉS DE INICIADA AQUELLA REVOLUCIÓN ESTADOS UNIDOS INVADIERA Y OCUPARA MILITARMENTE NUESTRO SUELO”. La noche del 27 de Abril no había ningún poder sobre la República dominicana. El Pueblo en armas, en algo más de 72 horas había derrotado todo el poder político que aseguraba la opresión de nuestro pueblo. Puedo repetirlo: La noche del 27 de abril de 1965 fue lo más parecido a la noche del 27 de Febrero de 1844. Aquella, abrió el camino de nuestra Independencia, esta abría el camino de nuestra autodeterminación democrática. Pero… como todos sabemos, duraría pocas horas. La primera y más feroz potencia del mundo intervino para contener aquel brote de libertad, para destrozar nuestro derecho a una nación soberna y sepultar, con el poder de sus armas, la dulce esperanza de un pueblo que luchaba por ser libre, por ser libre de verdad-verdad. Ahora, a 50 años de aquel crimen podemos apreciar con más claridad las consecuencias de esa segunda invasión militar de EEUU a nuestro país, así como la trascendencia y significación de aquella Guerra Patria. Hoy nos reunimos aquí, en el más simbólico escenario de todo ese pasado. Aquí, en el más antiguo reducto de opresión de América Latina, aquí en la Fortaleza Ozama y lo hacemos para recordar el fin de aquella primavera democráticatan gallardamente dirigida por el Presidente Caamaño, por su Estado Mayor, por su Gabinete y sustentada por el arrojo y la valentía de miles de combatientes y por la resistencia de las familias que se mantuvieron solidarias, en la Zona Constitucionalista.

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